La primera semana de julio tuve la fantástica oportunidad de visitar la Universidad de Surrey, en Guildford (Reino Unido), donde participé, por sexta vez, en la IAPS Conference 2026 «Sustainability as wellbeing: Towards healthy, green, and equitable communities», un enfoque interdisciplinar que no podía ser más inspirador ni más oportuno para los tiempos que vivimos.
Mi exposición tuvo lugar en una sesión oral monográfica titulada «Climate change: Children and young people«, un espacio fantástico en el que compartí mesa con otros tres investigadores de primer nivel. Fue un verdadero lujo debatir y cruzar perspectivas con ellos:
- Alejandra Fernández-Álvarez, quien presentó «The apparent inaction and apathy of Costa Rican youth toward climate change», ofreciendo una visión muy interesante sobre la juventud en el contexto costarricense.
- Silvia Collado, con su trabajo «Comprehension and salience of climate change in early childhood: The mediating role of parental communication», analizando el papel clave de las familias en la infancia temprana.
- Gary Evans, que expuso «Predictors of five-to-seven-year-olds’ understanding of climate change», profundizando en cómo los más pequeños empiezan a comprender la crisis climática.
Allí tuve el placer de presentar el trabajo «Environmentally conscious, denialist, and apathetic youth: profiles of young people’s attitudes and behaviours toward climate change and environmental issues«, basado en el estudio Jóvenes y Medio Ambiente, que desarrollamos recientemente.
Lo que nos dicen los datos: tres realidades bien diferenciadas
En nuestro estudio, nos propusimos un reto: ir más allá de los discursos simplistas que retratan a la juventud actual como un bloque homogéneo y totalmente entregado al activismo climático. Queríamos mirar bajo la superficie. ¿Cómo piensan, actúan y participan realmente los jóvenes frente a la crisis ecológica?
Para averiguarlo, realizamos una encuesta online en España con una muestra representativa de 1.500 jóvenes de entre 14 y 28 años, equilibrada por edad, género, clase social y tipo de residencia. Analizando tres dimensiones clave —sus actitudes ambientales, sus hábitos de consumo y su nivel de compromiso sociopolítico— logramos identificar tres perfiles muy claros y definidos:
- Los concienciados: Son jóvenes con una alta sensibilidad ambiental que intentan que su cesta de la compra y sus rutinas se alineen con la sostenibilidad. Se mueven, participan en acciones colectivas… aunque a veces detectamos en ellos una fe excesiva (y un tanto idílica) en que el cambio metodológico individual lo resolverá todo por sí solo.
- Los apáticos: Aquí encontramos un grupo marcado por el escepticismo, pero sobre todo por una profunda sensación de impotencia. Sienten que, hagan lo que hagan, no servirá para frenar la degradación del planeta. Esa falta de «autoeficacia» se traduce, lamentablemente, en una nula participación.
- Los negacionistas: Este perfil adopta un enfoque antropocéntrico. Priorizan el consumo personal, restan importancia a la gravedad de la crisis climática y suelen autoconvencerse de que la tecnología del futuro vendrá a salvarnos sin que ellos tengan que cambiar nada.
Por su parte, Gary Evans y Silvia Collado presentaron un estudio con 641 niños de EE. UU., España y China, donde descubrieron que la mayoría de los menores de 7 años ni siquiera sabe qué es el cambio climático global. Incluso a los 7 años, una parte significativa no lo comprende, y quienes sí lo hacen, suelen tener ideas parciales o inexactas. Esto es así porque el cambio climático es un concepto abstracto y complejo que requiere una madurez cognitiva que no siempre damos por sentada.
Alejandra Fernández-Álvarez nos trajo una realidad dura pero necesaria desde Costa Rica. A través de entrevistas cualitativas, detectó un fuerte sentimiento de eco-ansiedad, pesimismo y parálisis. Muchos jóvenes costarricenses sienten que, como el cambio climático es causado por grandes corporaciones y élites, sus acciones individuales no sirven para nada. Es una «apatía por impotencia»: el miedo les bloquea.
¿Hacia dónde debemos ir?
Compartir estos resultados con colegas de la psicología ambiental de todo el mundo reafirma la idea de que el diseño de las estrategias de educación ambiental debe estar orientadas a la edad y el contexto de los destinatarios: En la infancia, debemos trabajar lo concreto, lo cercano y lo familiar (apoyando a las familias).
En la juventud, el desafío es político y emocional: necesitamos romper esa sensación de impotencia que genera apatía y combatir la negación cómoda. Necesitamos intervenciones que entiendan en qué etapa vital está la persona, cuáles son sus barreras (¿es falta de comprensión?, ¿es miedo?, ¿es negación?) y cómo reforzar su autoeficacia.
Si queremos reactivar a los jóvenes que se han descolgado (los apáticos y negacionistas) y canalizar mejor la energía de los ecoconscientes, necesitamos intervenciones mucho más estratégicas. El gran reto no es solo dar información, sino construir identidades ambientales sólidas y, por encima de todo, reforzar su autoeficacia individual y colectiva. Debemos demostrarles que su voz y sus acciones colectivas sí tienen el poder de transformar la sociedad.
Volver de estos congresos siempre es un aliciente para seguir investigando y enseñando sobre estas temáticas en el Máster de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible de UNIR.






























































































































































